Ada

Como todos los domingos, me levanté temprano y, después de desayunar, me puse el sombrero de flores, el vestido verde con los zapatos de charol. Entonces salí hacia la plaza Dorrego. Me encantan las antigüedades y la muchedumbre me ayuda, por un rato, a olvidar la soledad.
En la plaza, atestada de gente, había un titiritero, una pareja bailando y mucho bullicio. Sin embargo, no podía sacarme la tristeza de encima.
De golpe te vi. Parecías tímida, desvalida, concentrada en un juego en el que tus manos simulaban abrir una puerta invisible con una llave vieja y oxidada. Tenías el pelo revuelto, hecho una maraña. Me llamaron la atención tus zapatos de charol, se veían estrambóticos al lado de esa especie de túnica blanca que usabas. Por un momento tuve la fantasía  de que esos zapatos eran los míos. 
Empecé a seguirte, quería encontrar tus ojos pero siempre mirabas hacia abajo. Caminé detrás tuyo casi empujando a la gente que se interponía entre nosotras.
Estábamos muy cerca una de la otra cuando alguien apareció de la nada.
—Ada —te dijo. Era un muchacho que también iba vestido de blanco—. Ya es la hora.
Y te fuiste con él.
Algo me dijo que no podía perderte. Vi cómo te mezclabas con la multitud y desaparecías detrás del puesto de espejos.
Te busqué durante toda la tarde por San Telmo, pero fue inútil. Corrí a casa y me encerré a vivir un duelo incomprensible. Lloré tu fuga,  Ada, como si hubiera sido tu muerte.
Sentí que te habías llevado algo imprescindible, una parte de mi.
Semanas después, me consolaba repitiendo tu nombre.

Me vi con un sombrero cargado de flores. El espejo se transformó en una puerta, en el marco de madera apareció una inusual cerradura. Pensé en tu llave, quizá pertenecía a esa puerta.
Del otro lado, a través del vidrio sucio, una guirnalda de flores, como la de mi sombrero.
Necesitaba trasponer la puerta. Era imperioso, no podía dejar de hacerlo.
Rompí el vidrio de un puñetazo y salté.
Te busqué entre los espejos, pero no logré encontrarte. Estaba oscureciendo y quise volver.

Cuando desperté temblaba de frío, una mujer muy buena me acariciaba el pelo. Me dio ropa limpia, completamente blanca.
Ahora tengo un cuarto para mí sola, con rejas en la ventana. Ellos me cuidan, por poco me dan de comer en la boca, hasta me cortan la carne.
No sé cuál era mi nombre. No obstante, sigo repitiendo el tuyo.
Hace tiempo que me incluyeron en los paseos. Me permiten usar mis propios zapatos y caminar sola por la feria de antigüedades. Me pruebo sombreros, siento una extraña atracción por las llaves viejas y los títeres.
Una vez vi a una mujer que usaba zapatos de charol iguales a los míos. No dejaba de mirarme. Me dio tanta vergüenza que bajé los ojos y caminé entre los puestos. Ella empezó a acercarse, ya estaba a punto de tocar mi mano.
Pero en ese momento me llamaron:
—Ada, ya es la hora.
Debía volver antes de que oscureciera.
Por los espejos, vi que la mujer me seguía para siempre.

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